Ya me he desvirgado en las World Series of Poker (WSOP). Bueno, sería más correcto decir que me “han desvirgado”, ya que me la han metido por todas las entradas de mi casto cuerpo serrano, que no lozano. Pasé al segundo día (30.000 fichas, voy por debajo de la media); pero me tumbaron ¡tres veces! dos ases de mala manera. No les voy a dar el coñazo narrándoles mis “bad beats”, pues una de las cosas que me aburre sobremanera es un grupo de jugadores de este noble arte contándose sus jugadas. Y es que, oiga, están todo el día: 24/7. Qué coñazo. Creo que todos ya hemos visto y sufrido de todo, como el replicante de “Blade Runner”: “He visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser”. Estás tan tranquilo, y se te acerca uno a contarte la película que ya has vivido. Como antaño las historias de la mili. Ahora se acabó el servicio militar, pero empieza el poker. “Y tenía, y cayó, y la cuarta fue un as de picas, bla, bla, bla…”. “Por qué no te callas”, que diría el rey de las Españas.
En fin, el caso es que estoy vivo y listo para el día 2. El evento principal es un torneazo. Una barbaridad de participantes (casi 7.000 sufridores), pero, amigos: 20.000 fichas, niveles de dos horas y estructura lenta. Da gusto. Sin embargo, como todo campeonato, el factor suerte te puede dejar en la cuneta en un momento dado. Así es el negocio en esto: cabe la posibilidad de que cualquier bacalao gane. Tengo la premonición que uno de los nuestros va a hacer algo gordo. Les podría dar hasta el nombre… Mejor, me lo callo. Una pista: es buen amigo mío. No piensen en mí, pobre desdichado que acude como cordero al matadero. Induráin hablaba de “sensaciones”, y las mías no son buenas para el evento. Ya veremos.
En las partidas de dinero la cosa va boyante, y la sala de The Venetian es mi lugar talismán y donde me refugio cuando busco consuelo. Mi cueva. La amabilidad de la gente es extrema, y te tratan con una educación y cortesía que ya podían aprender en nuestro país. Para resumir y no soltar alguna que luego me dé un disgusto: aquí ellos lo ven como que tú les haces un favor; en España, lo contrario, el favor te lo hacen ellos a ti. Y son lentejas, si quieres las tomas y, si no, las dejas. El “rake” (la cuota que se cobra) no obliga al jugador. Me refiero a que para ganar en nuestros casinos tienes que hacerlo dos veces: al que está sentado frente a ti y a la casa, por lo desmesurado y brutal de la cantidad que tienes que pagar. La comida y bebida son gratis en casi todos los casos, y si estás metido en 5-10$ sin límite: lo que quieras.
En el lugar hay varios estereotipos: el “pro”, el que va a tirarlo, el que se cree que es “pro”, la novia del “pro”, el sueco loco (acaban pelados como patas de avestruz), el chino (casi siempre, peligro), el despistado, la señora mayor (roca granítica), el de la gorrilla (otro con el que hay que tener ojito), el parlanchín (se hace el tonto, pero no), el viejete (tiene tantas “cornás” que no se mueve ni con un terremoto), el europeo del Este (cara de pocos amigos y no le quitas las fichas ni con una Magnum) y el español (todos, menos él, son unos “pescaos”, pero siempre sale perdiendo). En fin, así es este maravilloso mundo. Para terminar por hoy, he visto a la reina de las/los crupieres. Una asiática de nombre Yan que daba las cartas con una elegancia infinita. Los naipes bailaban en sus manos, mientras ella los lanzaba con suprema perfección. Mezclaba la baraja con suavidad y estilo y manejaba las fichas como si estas flotaran. Me quedé embelesado con su arte, y por eso se lo cuento. Cambio y corto.